El mejor homenaje que se puede hacer a un padre, a un buen hombre

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Nunca pensé, pero estos momentos llegan, que llegaría el día en que tendría que decidir qué hacer con las cenizas de mi padre. Son momentos duros. Cuando murió, la sensación de vacío fue tan grande que cualquier decisión parecía demasiado dura.

Él había sido el médico del pueblo durante más de cuarenta años, una figura querida, cercana y respetada por todos. Don Mariano para todos. Papa Mariano para nosotros. Y aunque en la familia hablábamos mucho sobre él, sobre su vida y sobre lo que significó para tantas personas, no teníamos claro cómo conservar sus cenizas. Queríamos algo que estuviera a la altura del cariño que le teníamos y del legado que había dejado.

Lo único que sí teníamos claro era que queríamos hacerle un homenaje especial, algo que fuera más allá de una urna guardada en una estantería. Una tarde, hablando en la antigua casa del pueblo. En aquella casa donde él había pasado horas y horas escuchando a la gente, recibiendo visitas, incluso atendiendo a vecinos en la cocina cuando no podían ir al consultorio— surgió la idea.

No recuerdo quién la dijo primero, quizá mi hermana o quizá yo mismo, pero de pronto tuvo todo el sentido del mundo: poner una estatua suya, una figura que lo representara como lo que fue, un médico entregado a los demás. Una presencia tranquila y firme en el centro de la casa.

Reconozco que no es un homenaje habitual. A veces los regalos o recuerdos más sinceros no se ajustan a lo que se hace normalmente. Pero precisamente por eso nos gustó la idea. Era algo diferente, original, y sobre todo cargado de simbolismo. Además, últimamente los homenajes personalizados, como esculturas realistas o figuras representativas, están ganando adeptos, pero no hace falta ser famoso. La gente busca formas más personales y emotivas de recordar a quienes han significado tanto. Nosotros no fuimos la excepción.

Buscando opciones encontramos Esculturas Anglada, expertos en esculturas de manos con acabado en bronce, y allí vimos una pieza que nos conmovió. La escultura representaba a un médico en una pose serena, profesional, pero también humana. Parecía hecha para mi padre.

Tenía justo lo que queríamos. En concreto, una base de mármol crema marfil, sólida, elegante, y la posibilidad de añadir una placa de metal dorada con una dedicatoria, algo sencillo pero lleno de sentimiento. Nos encantó que ofrecieran ese grabado de forma gratuita, porque para nosotros la dedicatoria era tan importante como la propia figura.

Las dimensiones —18 x 17 x 29 cm— nos parecieron perfectas para colocarla en la mesa central del salón de la casa del pueblo. Lo imaginamos enseguida, la figura allí, presidiendo el espacio donde siempre se habían reunido amigos, vecinos y familiares.

Cuando la escultura llegó, el momento fue más emotivo de lo que esperaba. La abrimos entre todos, con mucho cuidado, como si dentro hubiera algo frágil, aunque sabíamos que estaba hecha para durar toda una vida. Al verla en persona sentí algo que no sé explicar del todo. No era exactamente que se pareciera físicamente a mi padre, porque no buscábamos eso. Era más bien que transmitía su esencia: su dedicación, su calma, su manera de estar siempre disponible para todos.

Decidimos añadir una frase en la placa:
“A quien curó cuerpos y también almas. Tu familia.”

Colocamos la estatua en el centro del salón del pueblo, justo donde imaginamos desde el principio. El mismo salón donde él tomaba café por las mañanas mirando por la ventana, donde contaba historias, donde nos enseñó tantas cosas sin necesidad de grandes discursos. Y aunque las cenizas no estaban dentro de la escultura, sentimos que la figura se convirtió en un punto de unión, un lugar donde poder recordarlo sin tristeza, con cariño.

Lo sorprendente fue que, cuando los vecinos empezaron a visitarnos y vieron la estatua, todos dijeron lo mismo: “Es un homenaje precioso. Le pega. Es como si siguiera aquí.” Algunos incluso preguntaron dónde la habíamos hecho, porque no es un tipo de homenaje común, pero sí uno que toca el corazón.

Hoy, cada vez que entro en esa casa, la escultura me da la bienvenida. No reemplaza a mi padre, claro está, pero me lo recuerda de una forma cálida, cercana. No es una pieza más de decoración; es un símbolo, un abrazo convertido en arte.

A veces pienso que este tipo de homenajes deberían ser más habituales. No porque sean llamativos, sino porque ayudan a mantener viva la memoria de quienes nos guiaron, nos cuidaron y nos enseñaron tanto. Y si alguien nos pregunta si volveríamos a hacer algo así, la respuesta es un rotundo sí.

Va por ti papa, espero que te gusta.

 

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