Mi experiencia pasándome de un coche normal a uno eléctrico

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Durante años tuve coches de gasolina. De hecho, he tenido tres: un Peugeot 206, un Seat Ibiza y, el último, un Volkswagen Golf. Cada uno lo elegí en diferentes momentos de mi vida, según el presupuesto que tenía y lo que necesitaba en ese momento. Pero hace unos meses decidí dar el paso y cambiarme a un coche eléctrico. Vivo en Madrid, tengo 27 años, y llevaba tiempo dándole vueltas al tema. No fue una decisión impulsiva ni fácil, pero ahora que ya he pasado por todo el proceso, puedo contar cómo es realmente eso de cambiar de un coche normal a uno eléctrico.

 

Por qué me decidí a cambiar a un eléctrico

Lo primero que me empujó a pensar en un eléctrico fue lo típico que ya todos hemos oído: las restricciones de circulación, la zona de bajas emisiones en Madrid, el precio de la gasolina, las ayudas del gobierno… Pero más allá de eso, notaba que cada vez tenía más dudas sobre si seguir invirtiendo dinero en coches de combustión. Me estaba empezando a cansar de pasar por el taller con frecuencia, de los mantenimientos, y también de pensar que tarde o temprano me iban a limitar más de la cuenta.

No voy a mentir: también me apetecía probar algo nuevo. Me gusta la tecnología, y ver que hay coches que se cargan en casa o que puedes controlar desde el móvil me llamaba la atención. Así que empecé a informarme.

 

Hay que informarse bien antes de comprar

El paso más importante fue entender en qué se diferencia realmente un coche eléctrico de uno de gasolina o diésel. No me refiero solo al motor, sino a todo lo que conlleva el cambio.

Para empezar, la autonomía. Yo tenía la idea de que los coches eléctricos no podían ni hacer viajes largos, pero eso ya no es tan así. Aun así, hay que tenerlo en cuenta. No es lo mismo tener un coche que puedes llenar en cinco minutos que uno que tarda entre media hora y varias horas en cargarse. Si vas a moverte por ciudad, como yo, no hay problema. Pero si te haces escapadas los fines de semana o tienes familia lejos, hay que pensarlo dos veces.

Luego está el tema de la carga. En mi caso, vivo en un piso sin garaje propio, así que tuve que buscar alternativas. Algunos compañeros me hablaron de los puntos de recarga públicos y de las electrolineras, pero lo cierto es que en Madrid todavía no está todo lo bien montado que debería. Ahí, sí, pero no siempre funcionan o están disponibles. Al final, lo que hice fue buscar un parking de residentes cerca de casa que ofrecía plazas con cargador. Me tocó pagar algo más, pero me pareció lo más fácil.

 

Tocaba elegir el coche eléctrico

Una vez que tenía claro que podía cargarlo y que mis trayectos diarios no eran un problema, empecé a mirar modelos. Aquí también noté diferencias con respecto a los coches tradicionales. En los eléctricos, muchas marcas ofrecen menos variedad de acabados y extras, y los precios base suelen ser más altos. Aunque hay subvenciones, como el Plan MOVES, hay que tener paciencia con eso, porque el dinero tarda en llegar y los trámites son un poco pesados.

Yo me decidí por un Hyundai Kona eléctrico. Tiene unos 480 km de autonomía (en condiciones ideales), se comporta muy bien en ciudad y tiene un diseño que me gusta. También valoré un Tesla Model 3, pero se me iba un poco de presupuesto.

Una diferencia importante es que no puedes ir al concesionario y salir con el coche el mismo día. Al menos en mi caso, tuve que esperar un par de meses. Y otro detalle: muchas marcas hacen la venta casi toda online, lo que al principio me pareció raro. Estoy acostumbrado a negociar cara a cara, ver el coche, probarlo… Aquí fue todo bastante más digital.

 

La matriculación y el papeleo fue más fácil de lo que pensaba

Aquí sí noté una mejora respecto a mis anteriores coches. Al ser un vehículo 100% eléctrico, el proceso de matriculación tiene algunas ventajas. La DGT lo identifica como “vehículo con emisiones cero”, lo que me permite entrar en zonas restringidas del centro sin problemas. Además, tiene pegatina azul, que ya es una ventaja importante.

Me enteré del proceso cuando contacté con Gestram, una gestoría administrativa de aquí de Madrid, donde me explicaron lo que debía de hacer de cabo a rabo, cosa que ellos hacen de por sí por ti, pero decidí encargarme yo. Lo curioso, es que es bastante parecido al de un coche de combustión, pero con menos pasos.

En el concesionario me gestionaron prácticamente todo. Lo único diferente fue que me explicaron cómo tramitar la ayuda del Plan MOVES III. Tienes que presentar un montón de documentación, y si entregas tu coche antiguo para achatarrar (como hice yo con el Golf), te dan un extra. Eso sí, el dinero no lo ves hasta muchos meses después, y hay que estar atento a los plazos.

Otra diferencia: los coches eléctricos pagan menos impuesto de circulación en muchos municipios. En Madrid, por ejemplo, hay bonificaciones del 75% para este tipo de coches. Eso no es mucho dinero al año, pero se agradece.

 

Los primeros días conduciendo un eléctrico me resultaron muy extraños

Los primeros días fueron raros. Acostumbrado a los coches normales, lo que más me sorprendió fue el silencio. No suena nada. A veces incluso pensaba que no se había encendido. Luego están las aceleraciones: el coche responde mucho más rápido, porque no hay marchas ni retardo del motor. Al principio me costaba no buscar la palanca de cambios por costumbre, aunque no sirviera para nada. Esa sensación de que todo va más suave, sin vibraciones ni ruidos, me tenía un poco descolocado, pero en cuestión de una semana ya me había acostumbrado.

También cambió mucho mi forma de conducir. Con el eléctrico tienes que planificar mejor. Yo antes no pensaba en si iba a encontrar una gasolinera o no, porque hay una en cada esquina. Ahora tengo que mirar si hay cargadores cerca del sitio donde voy. Y eso, si bien no me ha dado grandes problemas, sí me obliga a organizarme más. Me he pillado un par de apps que me indican dónde hay puntos disponibles, pero no siempre están operativos o libres, y eso a veces agobia un poco si tienes prisa.

En cuanto al mantenimiento, se nota la diferencia. No hay aceite, ni filtros de combustible, ni correas… Eso significa menos visitas al taller y menos gasto a largo plazo. Pero claro, si se rompe algo de la batería o del sistema eléctrico, ahí sí que puedes tener un problema más caro. Por ahora no me ha pasado nada, pero soy consciente de que no es como cambiar una bombilla.

 

Cosas que me han gustado y cosas que no tanto

Después de unos meses con el coche eléctrico, puedo decir que estoy contento con el cambio, pero no es perfecto. Hay cosas que valen la pena y otras que todavía no están al nivel de lo que yo esperaba.

Lo que me gusta:

  • Silencio total al conducir.
  • Aceleración suave y potente.
  • No tener que ir a repostar cada semana.
  • Gastos mucho más bajos en mantenimiento.
  • Acceso libre a zonas restringidas.
  • Aparcamiento gratuito o con descuento en muchas zonas de Madrid… (Por ahora).

Lo que no me convence tanto:

  • La red de cargadores todavía es escasa.
  • Los tiempos de carga son largos si no tienes un cargador rápido.
  • Los coches eléctricos siguen siendo más caros de entrada.
  • La autonomía no es tan real como dicen las fichas técnicas.
  • Hay que pensar más antes de salir de viaje largo.

 

¿Lo recomiendo?

Depende de tu situación. Si vives en una ciudad como Madrid, haces trayectos diarios relativamente cortos y tienes posibilidad de cargar el coche con cierta comodidad, sí lo recomendaría. Incluso diría que es una muy buena opción. Pero si viajas mucho o no puedes acceder a una plaza con punto de recarga, me lo pensaría dos veces.

En mi caso, me ha encajado bien porque mi estilo de vida se adapta a lo que ofrece un eléctrico. No echo de menos la gasolina, y me gusta esa sensación de estar usando algo más moderno. Pero también reconozco que hay momentos en los que echo de menos la tranquilidad de saber que en cualquier pueblo hay una gasolinera abierta.

 

¿Merece la pena dar el salto?

Al final, tienes que cambiar la forma de entender el coche. No conduces igual, no planificas igual y no pagas lo mismo. Pero tampoco vives igual el día a día.

A mí me ha servido para ahorrar en gasolina, para conducir con más calma y para olvidarme de ciertas averías típicas. Pero también me ha obligado a cambiar ciertos hábitos y a tener más presente dónde y cuándo voy a cargar.

Mi consejo es que no te lances sin mirar bien. Infórmate, haz números, pregunta a otros que ya hayan hecho el cambio. Y, sobre todo, ten en cuenta cómo es tu vida diaria. Porque si el eléctrico encaja en ella, probablemente no vuelvas atrás. Pero si te obliga a hacer malabares, igual es mejor esperar un poco más.

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